Intentaba procesar lo que acababa de oír. No puede ser. Mi madre nunca mencionó nada de tener parientes ricos. Siempre vivimos con lo justo. Cuéntame de ella pidió Elena con voz suplicante. De tu madre. ¿Cómo era? ¿Qué hacía? ¿Qué te decía de su pasado? Amelia dudó unos segundos y luego comenzó a hablar. Mamá era muy hermosa.
Tenía el cabello castaño y los ojos verdes como yo. Amaba la pintura, aunque nunca vendió sus cuadros. Trabajaba en una florería y a veces hacía costuras para ganar un poco más. Del pasado hablaba poco. Solo decía que había crecido en una familia adinerada, pero que había roto con ellos. ¿Y tu padre?, preguntó Elena con la voz apenas audible.
Daniel Reid era músico, tocaba la guitarra en bares y pequeños clubes. Murió cuando yo tenía 7 años. Tuberculosis. Elena cerró los ojos. Daniel Reid, aquel joven que ella había considerado indigno de su hija. Un músico talentoso, sí, pero pobre, sin futuro ni contactos. Había sido la razón por la que Isabel había abandonado la casa.
Después de su muerte, mamá me crió sola. Fue muy duro, pero siempre me repetía que nos teníamos la una a la otra, que eso bastaba. Nunca habló de su familia, solo a veces miraba el medallón y se entristecía. Decía que era el recuerdo de un tiempo en que fue feliz. Con manos temblorosas, Elena sacó su teléfono del bolso y le mostró una fotografía antigua.
Era Isabel con 18 años y el medallón Polaris brillando en su cuello. “Dios mío”, exclamó Amelia llevándose la mano a la boca. “Es mi madre. ¿De dónde salió esa foto? Porque yo soy su madre. Soy tu abuela.” Amelia miró la foto, luego a Elena y otra vez la foto. El parecido era innegable. “¿Por qué nunca habló de usted?”, preguntó con voz rota.
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