Otro punto clave es liberar las superficies. Mesas, encimeras y cómodas se saturan fácilmente. Mantenerlas despejadas hace que el espacio parezca más grande y limpio. Si algo siempre está encima de la mesa, probablemente necesita un lugar fijo en otro sitio.
La rutina diaria marca la diferencia. Cinco minutos de orden al final del día evitan una hora de limpieza el fin de semana. Guardar lo que se usa inmediatamente, doblar la manta después de levantarse del sofá y lavar los platos tras cada comida son pequeños gestos que mantienen el control.
La luz y los colores también influyen. Tonos claros y materiales naturales transmiten calma. Añadir plantas o flores frescas aporta vida sin generar sensación de carga visual. Un ambiente tranquilo no requiere muchos objetos, sino buenas elecciones.
Por último, hay que aceptar que el orden no es rigidez. Una casa vivida tendrá movimiento, pero cuando existe una base organizada, volver al equilibrio es rápido y sencillo.
Transformar la casa en un lugar más ordenado no es un cambio radical de un día para otro. Es una suma de decisiones pequeñas y constantes que convierten el hogar en un espacio donde realmente apetece estar.