Durante años había guardado mis ahorros pensando en ayudar a mi familia cuando lo necesitaran. Pero ese día entendí algo: ayudar no significa quedarse donde uno no es bienvenido.
Alquilé un pequeño apartamento cerca de un parque.
No era grande, pero era tranquilo. Puse una mesa, dos sillas, mis fotos antiguas y mi radio de siempre.
La primera semana nadie llamó.
La segunda, mi hija apareció en la puerta llorando.
Me dijo que la casa se sentía vacía, que los niños preguntaban por su abuelo todas las noches.
Yo no estaba enfadado.
Solo le dije algo que aprendí tarde:
Uno no envejece cuando cumple años…
envejece cuando deja de sentirse respetado.
La abracé.
Desde entonces voy a visitarlos…
pero ahora regreso a mi casa cuando quiero.