Las pausas cortas durante la jornada son igual de importantes. Levantarse de la silla, mirar por la ventana o respirar aire fresco durante dos minutos renueva la concentración.
La alimentación influye más de lo que parece. Comer despacio y sin distracciones mejora la digestión y evita la pesadez que roba energía.
Al final del día, reducir la luz de pantallas antes de dormir facilita un descanso más profundo. Un ritual tranquilo, como leer unas páginas o tomar una bebida caliente, prepara al cuerpo para dormir mejor.
No se trata de cambiar toda la vida de golpe. Basta con elegir uno o dos hábitos y mantenerlos. Con el tiempo, esos pequeños ajustes construyen días más ligeros y con mejor ánimo.