Conclusión
La próxima vez que viajes en avión y notes que la comida parece menos sabrosa de lo habitual, recuerda que probablemente no sea culpa del cocinero.
A más de 10.000 metros de altura, nuestros sentidos funcionan de manera diferente. El olfato se vuelve menos sensible, algunos sabores pierden intensidad y el entorno altera nuestra percepción gastronómica.
Lejos de ser un defecto de la comida, se trata de una fascinante demostración de cómo el cuerpo humano interactúa con su entorno.
Y quizá esa sea la lección más interesante: el sabor no depende únicamente de lo que ponemos en el plato, sino también de dónde, cómo y en qué condiciones lo degustamos.