Muchas personas asocian comer sano con reglas estrictas, listas de prohibiciones y menús difíciles de seguir. Sin embargo, una alimentación equilibrada no necesita extremos. No hace falta eliminar alimentos ni contar cada caloría para mejorar lo que comes.
La base está en la proporción del plato. Una forma sencilla de orientarse es dividir visualmente el plato en tres partes: la mitad verduras, una parte proteínas y una parte carbohidratos. Esta estructura aporta variedad y equilibrio sin necesidad de cálculos.
Las verduras pueden ser crudas o cocinadas: ensaladas, salteados, sopas o al horno. Aportan volumen y saciedad. Las proteínas pueden venir de pollo, pescado, huevos o legumbres. Los carbohidratos pueden ser arroz, pasta, patata o pan, preferiblemente en cantidades moderadas.
No se trata de comer “perfecto”, sino de comer variado. Repetir siempre lo mismo limita nutrientes y termina cansando. Alternar ingredientes mantiene el interés y mejora el aporte nutricional.
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