Cuando un ladrido cambió el rumbo de su vida: la historia de Luna y Mateo

La vida muchas veces se compone de momentos inesperados, pequeñas intersecciones en el camino que parecen insignificantes, pero que terminan marcando un antes y un después. Esto fue lo que le sucedió a Mateo, un hombre común que vivía en las afueras de una ciudad vibrante, con pocas certezas y muchas preguntas.

Una noche de agosto estaba particularmente tranquila. El calor del día permanecía en el aire y el silencio parecía más espeso que de costumbre. Mateo regresaba a casa después de una larga jornada de trabajo, frustrado y cansado, con la sensación de que una vez más nada había salido como él esperaba.

Justo cuando cruzaba el umbral de su casa, escuchó un ladrido insistente. No era un ladrido común: vibraba con urgencia, casi como si alguien quisiera comunicarse con él a través de aquel sonido.

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—¿Quién anda ahí? —preguntó con voz débil, mirando hacia la cerca que separaba su jardín del resto de la calle.

No había nadie visible a simple vista. Solo el eco del último ladrido que parecía alejarse lentamente. Intrigado, Mateo encendió la luz del porche y vio una sombra moverse al borde de la acera.

Caminó unos pasos hacia afuera y encontró a un perro, solo, delgado y con el pelaje enmarañado. Sus ojos tenían una mezcla de miedo y esperanza. El animal se quedó mirándolo, sin acercarse demasiado, pero con el cuerpo tenso y listo para moverse. Era evidente que quería algo.

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